martes, 29 de octubre de 2013



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En 1885 los paseantes porfirianos se conmovieron con la llegada del velocípedo, un extraño aparato de tres ruedas que rompió la calma de la Alameda, el paseo más antiguo y tradicional de la urbe. Según las crónicas de la época, el velocípedo arrumbó en la prehistoria al legendario ferrocarril de madera, que había sido hasta entonces el delirio de los niños del porfiriato, y que las nanas rentaban por quince minutos o media hora, “cometiendo a veces la gravísima imprudencia de subirse al vehículo durante el movimiento” (El Universal, 16 de marzo de 1896).

Ángel de Campo escribe que el velocípedo “era la última palabra del peligro, de la celeridad, del atrevimiento”. Las damas y los lagartijos veían, con los cabellos de punta, a los muchachos que pedaleaban con furia, “hasta que les volaban las cintas de la gorra”. Aquellos heraldos de la velocidad atravesaban las callecillas sembradas de árboles de la Alameda pidiendo el paso a gritos, poniendo en fuga a los canes y haciendo que los viejos anduvieran todo el tiempo con el Jesús en la boca.


Unos años después, sin embargo, aquellos aparatos fueron arrumbados también en la prehistoria porque el progreso trajo a la ciudad el momento histórico de la bicicleta. Los hombres de 1896 eran modernos: hacían gimnasia, usaban dentadura postiza, creían que los rayos X dejaban ver a las mujeres desnudas y acababan de aplaudir la irrupción simultánea del auto y del cine. La bicicleta, afirma De Campo, significó la llegada del relámpago, fue el complemento perfecto del hombre contemporáneo.

Presentada por primera vez en la Exposición Universal de 1889, la bicicleta fue considera por la prensa como “una pequeña hada metálica” que multiplicaba “el poder de locomoción del hombre”. “Libélula de metal”, la llamaron los reporteros que atestiguaron aquel prodigio genial y milagroso.

Una cosa así no podía llegar sin desatar una fiebre. El músico Salvador Morlet dedicó a aquel invento una de las polkas que un siglo después oímos como emblema del porfiriato: Las bicicletas. Esa pieza contiene la ligereza, el vértigo, un ritmo que solo puede ser propio del pedaleo. La gente introdujo un verbo destinado a no durar: el cicleo.

“Viejos, muchachos, hombres, mujeres, fuertes y débiles se proporcionan una bicicleta para correr por esas calles como si hubiese cundido una epidemia de velocidad” se leía en aquellos tiempos en EL UNIVERSAL.

La primera crónica urbana se hizo en la ciudad de México a caballo. Su autor fue Francisco Cervantes de Salazar. Manuel Payno cronicó la ciudad en diligencia. Manuel Gutiérrez Nájera lo hizo en tranvía.

No faltó un loco que comprara una bicicleta —algunas costaban ¡200 pesos!— y saliera a pedalear por las calles mal pavimentadas, semiempedradas y llenas de hoyancos de la ciudad de México.

Ese loco se llamaba Ángel de Campo, le decían Micrós y era una de las cronistas más leídos y aplaudidos de su tiempo. Salió una mañana a “ciclear”. Le ladraron los perros, arriesgó la vida en los baches de las calles de tierra apisonada —eran caminos aptos para la herradura, pero no “para seres humanos, civilizados y con Ayuntamiento”—, terminó sudoroso y acalorado, pero aquel día se libró de tomar trenes siempre demorados o con peligro de descarrilamiento, evitó los tumbos de los coches de a peseta y “la ordinariez de los aurigas” y recorrió todas las calles de la metrópoli sin que nadie se atreviera a llamarlo vago (como lo hacían cuando lo veían recorrer “México andando”), y sobre todo, sin que nadie se acercara a pedirle prestado o cobrar cuentas pasadas.

“¡Gracias, Dios mío, gracias!”, escribió, porque viajando en bicicleta había observado cosas nunca antes vistas. Una de ellas, la imbecilidad malévola de los habitantes de la ciudad, que chiflaban a los ciclistas, les aventaban piedras para provocar su caída, les azuzaban a los perros o bien azuzaban con el látigo a los caballos, para rebasarlos o darles “cerrones”.

Nada nuevo bajo el sol. Y sin embargo, De Campo escribía que por mal que les fuera los ciclistas gozaban, y el músico Morlet vislumbraba en su polka una forma del futuro:

“De todas las modas que han llegado de París y Nueva York, hay una sin igual, que llama la atención.

“Son bicicletas que transitan de Plateros a Colón, y por ellas he olvidado mi caballo y mi albardón”.

Así sea.

Visto en El Universal Mx

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