martes, 19 de agosto de 2014


“Las ciudades se erigen en columnas espirituales. Como espejos gigantes, reflejan los corazones de sus residentes. Si esos corazones se oscurecen y pierden la fe, las ciudades perderán su brillo”. Con esta cita del poeta y filósofo persa Shams-i-Tabrizi, el diseñador urbano danés-canadiense Mikael Colville-Andersen concluye una intervención en TEDxZúrich en la que resume por qué deberíamos comenzar a replantearnos nuestra forma de diseñar ciudades. Llevamos equivocados más de un siglo.

Colville-Andersen explica que el empleo de bicicletas y, sobre todo, el progresivo abandono del automóvil resulta crucial, no sólo porque reducirá el obsceno número de muertos en accidentes –35.000 al año entre Europa y Estados Unidos–, fomente el ejercicio físico o reduzca la contaminación, sino porque influirá en el bienestar del ser humano. Para el diseñador, el medio de transporte en el que nos transportamos de un punto a otro de la ciudad define las relaciones que mantenemos con nuestro entorno y con las personas con las que habitamos.

Un pequeño paso para el hombre, un gran paso para la humanidad

Durante siglos el ser humano no necesitó automóviles. Es más, recuerda el CEO de Copenhaguenize Design Company durante la charla, en un primer momento estos fueron rechazados puesto que no tenían cabida en las ciudades que por aquel entonces existían. Estas servían para pasear, para charlar con los vecinos, para desplazarse a la tienda local o jugar. No existía una separación exacta entre lo público y lo privado en ellas, como recordarán aquellos que de vez en cuando pasan unos días en sus pueblos natales, en los que probablemente los más ancianos se reúnan a la puerta de sus hogares.

Todo ello cambió con la llegada del coche, que provocó que las ciudades y las relaciones humanas comenzasen a cambiar para dar cabida a la incipiente industria. La progresiva urbanización de la era industrial provocó que las calles dejasen de estar frecuentadas por transeúntes y comenzasen a llenarse de coches. Además, se estigmatizó a aquellos que cruzaban por donde no debían llamándolos “paletos”. Durante el siglo XX, las calles fueron abandonadas por el ser humano y anegadas por los coches, algo que provocó un rápido aumento de las muertes en accidentes y la contaminación.

A ello había que añadirle otro problema. Los principios que generaron el trazado de las ciudades por donde debían circular los automóviles eran particularmente cerrados, y dejaban fuera las costumbres humanas. Los ingenieros diseñaban las ciudades para que los hombres las habitasen. Pero, como explica Colville-Andersen, han de ser los habitantes de las ciudades quienes creen los caminos que ellos transitarán. Y ahí se encuentra la solución.

La clave, las líneas de deseo

En español no existe un concepto semejante al anglosajón “desire path” (o “desire line”), que podría traducirse como “líneas de deseo”, y que fue enunciado por primera vez en francés por el filósofo Gaston Bachelard. Se trata de todos esos caminos –sean humanos o animales– que se generan a partir del paso de los usuarios por ellos aunque no existen de antemano, como ocurre con un camino en el bosque. Por lo general, suelen coincidir con el trayecto más corto entre dos puntos, y raramente coinciden con las líneas que los urbanistas han trazado.

Como explica el diseñador, un carril bici en su ciudad natal, Copenhague, surgió a partir de una de estas líneas de deseo. Miles de ciclistas se introducían por la acera para llegar a una calle paralela y, en lugar de cerrar el acceso para que estos siguiesen el rumbo predefinido, se creó un carril en dicho paso. En definitiva, se trata de adaptar la ciudad al ser humano, no al revés.

Colville-Andersen defiende que la observación del comportamiento de los usuarios garantizará que la ciudad se comporte como la gente quiere y no como los ingenieros han definido. Ello implica que se adopten soluciones que generalmente se descartan rápidamente, como limitar la velocidad de los automóviles, ampliar el tamaño de las aceras o crear más carriles bici.

¿Cuál es el problema de los automóviles si los comparamos con las bicicletas u otros medios de transporte sociales, como el autobús o el tren? La respuesta fue proporcionada por la propia hija del diseñador que, a sus tres años y medio, explicó a su padre que los automóviles son estúpidos “porque no se ve a la gente en su interior”. Colville-Andersen recuerda que los coches no sólo son menos seguros y contaminan más, sino que contribuyen al aislamiento social propio de la sociedad postindutrial.

En última instancia, el problema radica en que hemos creado ciudades donde el ser humano no puede convivir con los demás. Colville-Anderson recuerda que muchos no utilizarán los carriles bici al principio, pero de igual manera que ahora vivimos enganchados a nuestros smartphones, que apenas existían hace unos años, un buen diseño de los carriles bici provocará la necesidad del ciudadano de emplearlos. Además, ello mejorará el comportamiento humano: el diseñador recuerda que los ciclistas no rompen las reglas porque lo deseen, sino porque las ciudades no están pensadas para ellos. El CEO defiende que el cambio de paradigma urbano que propugna devolverá el protagonismo urbano al ser humano, y no al automóvil.

Vía El Confidencial

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