lunes, 29 de diciembre de 2014

Cualquier muerte es horrible, sin importar la forma en que haya sucedido. Pero si me cuentan de la muerte de un ciclista, siento que yo también me muero, que me pasó a mí también y, así sea durante un momento, siento que fui yo el que murió. Pero hoy mataron a César Criollo, y además me doy cuenta que estamos en un mundo asqueroso y cínico: a uno de los pocos promotores de la bicicleta que tiene Bogotá lo mataron por robarle su bicicleta (en Flandes, valga la aclaración, pero lo mataron).

Cuando uno monta en bicicleta es y se siente peligroso, y eso es absoultamente ridículo. Montar en bicicleta debería ser, por definición, una actividad increíblemente segura: si usted tiene buen equilibrio, no debería preocuparse por nada. Pero, en realidad, andar en bicicleta es doblemente peligroso: uno puede morir atropellado o uno puede morir porque lo atraquen. El mundo en que vivimos no parece estar preparado para que la gente tenga la sensatez de andar en bicicleta. Y eso es lo más triste de vivir hoy, aquí. Lo que parecería una buena idea es un riesgo absoluto y que, al parecer, no vale la pena correr.

En Bogotá en el año 2013 mataron 47 personas en bicicleta (en mal-llamados “accidentes”). Comparados con las 89 que murieron en 2003, es casi la mitad y supuestamente es para sentirse que vamos avanzando. Pero cuarenta y siete personas muertas en un año quiere decir que, en una sola ciudad (que además se dice a sí misma “amiga de la bicicleta”) se muere casi una persona cada semana por andar en ese vehículo. Eso es el número que no cuenta los asesinatos a mano armada por robo de bicicletas, como el de César. Vivimos en una ciudad horrible.

A la gente que anda en bicicleta en Bogotá deberían estar agradeciéndoles en cada esquina. “Gracias por reducir la congestión”, debería decir un conductor. “Gracias por no generar contaminación ni calentar más el planeta” debería decir otro. “Gracias”, debería decir un tercero, “por tener un estilo de vida que le pide poco al mundo y le da mucho”. En las calles debería haber carteles que dijeran “gracias a ustedes por darnos más espacio, menos contaminación y menos muertes”. Pero el mundo (al menos el nuestro) no es así. Salir a andar en bicicleta es una pelea constante con conductores, una muerte inminente y una experiencia que pareciera rogar piedad al mundo entero. No me atropellen, no me roben, no me maten. Ruegos sin respuesta o con la respuesta contraria.

La muerte de César es la noticia más triste del año. En un momento en el que yo sentía que las cosas iban bien y que la vida no parecía tan oscura como lo era al final del año pasado, me encuentro con la lúgubre noticia de la injusticia cuando me dijeron que a César lo mataron por robarle la bicicleta. Esa frase sigue dando vueltas en mi cabeza desde que la leí esta tarde y tuve que esperar hasta la noche para poder ordenar mi cabeza. Muerto. Una persona que ya no puede vivir porque alguien más prefirió una cosa ajena en lugar de dejarle su vida.

Yo hablo mucho de cómo se roban las bicicletas. Los engaños, los candados mal puestos y en general las artimañas de los ladrones de cuello blanco. Pero nunca hablo de los robos violentos porque me aterran. La muerte de César me duele a mí porque lo conocí, estuvo en dos de los cursos que yo dicté sobre políticas de bicicleta y ví sus productos como promotor de la bicicleta: El Manual de la Bici estuvo a cargo suyo y sus colegas y fue una de las tres cosas que me parecieron bien hechas de todo el Gobierno Distrital en el 2014 – cuando lo felicité me respondió que sería muy bueno que mi felicitación se convirtiera en un artículo…y heme aquí felicitándolo póstumamente. Me puse bravo porque en uno de nuestros cursos pidió cerveza cuando solo podían pedir jugo, pero me sorprendía que era un tipo que no decía las cosas por complacer sino que decía cada palabra de las que quería decir y de la manera como las quería decir. Eso, para mí, es una cualidad fundamental de un ser humano y es algo que perdimos hoy. No lo perdió solamente su familia, lo perdimos todos los que buscamos que nuestra ciudad no esté más o menos sino de verdad bien. Que las bicicletas no sean un aparato de juguete sino un modo de transporte. Me sorprendía que César, cuando podía estar viviendo en Stuttgart después de su maestría, decidió venir a Bogotá porque aquí sí tocaba mejorar las cosas.

Lastimosamente, cuando un ladrón ve a una persona en bicicleta solamente ve eso: una bicicleta que va a vender por pedazos en varios sitios de mala muerte. Por obvias razones olvida preguntarle a la persona si tiene fuerza de vida, si ese aparato que le van a robar hace parte de su espíritu o no. Olvidan conocer algo sobre la humanidad porque lo que prefieren es un pedazo de metal y dos pedazos de caucho en lugar de preservar un alma, por fuerte que sea.

Creo que lo que quiero decir es lo siguiente a los perros que mataron a César: malparidos, róbense más bien un hijueputa televisor pero no se roben las bicicletas. No se les ocurra matar a alguien, y mucho menos por quitarle una bicicleta. Les juro por su madre que San Pedro es Ciclista y que tan pronto pueda los va a mandar al Noveno Círculo del infierno, en el lago helado donde se merecen estar con Caín, Antenor, Tolomeo y Judas, y todos los ladrones de bicicleta que han tenido la estúpida y cínica y maldita idea de matar al dueño. Cuando yo me muera voy a ofrecerme como voluntario para encontrarlos a todos y no dejar a uno solo entrar siquiera al Octavo Círculo. Y si me muero porque me trataron de robar la bicicleta, les voy a jalar las patas a todos ustedes por cerdos, todas las noches y a todas horas.


Vía El tiempo

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