lunes, 5 de enero de 2015

México: En nuestro país, y particularmente en sus grandes ciudades, es más notorio el fortalecimiento de una ciclocultura. Un algo que “cala en la conciencia ciudadana”, como escribe Sandro Cohen en un oportuno librito titulado Zen del ciclista urbano. Útil prontuario para quienes se transportan cada vez más en este vehículo, tanto para los que animados por las circunstancias lo tienen entre sus propósitos de los nuevos tiempos.

Dividido en tres sólidos apartados —espiritual, práctico y normativo— el libro de Cohen es también una apuesta por una costumbre que no se circunscribe a lo que pudiéramos definir como necesario, sino que conlleva además su carga emotiva. Porque como bien destaca el autor, andar en bicicleta es una actitud ante la vida diaria y que retroalimenta la vida misma.

Muchos son los kilómetros andados por Cohen en varias de sus bicicletas. También múltiples sus aportaciones para el mejor uso de nuestro lenguaje. Ejercicios que anuda en Zen… para el gozo de un lector al que buena falta le hacen cualquiera de los 85 consejos enlistados. Desde la advertencia de que andar en bicicleta no es sinónimo de rapidez hasta el recordatorio de los derechos y obligaciones que los andantes tienen ante la convivencia social.

“Nadie dijo que andar en bicicleta dentro de una gran ciudad sea empresa fácil o exenta de riesgos. Es complicado. También es peligroso”, avisa Cohen. Aunque tampoco espanta, si se toman en cuenta los presupuestos básicos que deben regir en todo ciclista. “Tú no harás nada que ponga en peligro tu vida…, no te confíes, practica a diario, desarrolla tu destreza y con ella tu propia seguridad…”.

“Debemos hacer patente nuestra calidad moral, el hecho de que creemos en mejorar nuestro espacio vital, y al mismo tiempo nos toca demostrar que no somos, colectivamente —como seres humanos—, tan primitivos como solemos pintarnos”.

En los años de la modernidad ciclista (fue el inglés John Kemp quien perfeccionó en 1885 la mecánica del vehículo) leer a Cohen resulta oportuno. Algunos recordarán la sorpresa del descubrimiento de su primera bicicleta, ¡un día de Navidad o Reyes! —él extraña una Schwinn a los ocho años. Otros sabrán por cuál optar. Pero creo que todos harán suya la aseveración de que “amar es abrazar todas las posibilidades de futuro y, al mismo tiempo, los peligros que ello entraña. Andar en bicicleta es otra manera de darle un abrazo a la vida, sin olvidar los peligros que encierra el audaz acto de vivir”.


Vía Milenio

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